El próximo lunes, 17 de febrero, recibiremos en nuestro instituto a Jorge Riechmann (Madrid, 1962) en el marco de los "Encuentros literarios" que año tras año organiza nuestro departamento de Lengua castellana y Literatura.
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Jorge Riechmann (Madrid, 1962) es poeta, traductor literario,
ensayista y profesor titular de filosofía moral en la Universidad
Autónoma de Madrid. Todo un primer tramo de su poesía, de 1979 a 2000,
está reunido en Futuralgia (Calambur, 2011). Otros libros de poemas recientes son Ahí te quiero ver (Icaria, 2005), Conversaciones entre alquimistas (Tusquets, 2007), Rengo Wrongo (DVD, 2008), Pablo Neruda y una familia de lobos (Creática eds., 2010), El común de los mortales (Tusquets, 2011) y Poemas lisiados (La Oveja Roja, 2011).
Es autor de una treintena de ensayos (en solitario o en colaboración)
sobre cuestiones de ecología política y pensamiento ecológico. Ha
traducido extensamente a poetas como René Char y dramaturgos como Heiner
Müller.
Nuestros alumnos de bachiller han leído Conversaciones entre alquimistas (1º de bachiller) y Fracasar mejor (2º de bachiller).
Os esperamos a todos a las 11'30 en el salón de actos del instituto.
miércoles, 12 de febrero de 2014
jueves, 25 de abril de 2013
DISCURSO DE CABALLERO BONALD, PREMIO CERVANTES 2012: "Sólo es válida la palabra pronunciada".
Lo prometido es deuda, aquí tenéis el discurso íntegro de José Manuel Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012.

DISCURSO DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 2012
(Sólo es válida la palabra pronunciada)
Debo empezar reiterando lo más obvio: que el premio Cervantes me ha
deparado la mayor satisfacción recibida en mi ya dilatado trayecto humano y literario.
acompañarme cada día, como un estímulo inagotable, en este ya sobrepasado arrabal
de senectud. Tengo que hacerme merecedor de este reconocimiento magnánimo -me
he repetido muchas veces-, como convenciéndome de que debía esmerarme para
equilibrarse lo mucho que recibo con lo poco que ofrezco.
Deseo que mi gratitud se reparta efusivamente entre cada uno de los miembros
del jurado y entre quienes han hecho posible que yo esté hoy aquí, conmovido y
abrumado, recibiendo el premio mayor de nuestras letras. Pienso en algunos poetas y
novelistas que me han precedido en este trance -Antonio Gamoneda, José Emilio
Pacheco, Juan Marsé, Ana María Matute, Juan Gelman-, que son también amigos
queridos y autores predilectos, y pienso en otros compañeros fraternales -José Ángel
Valente, Carlos Barral, Ángel González, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma,
honores que yo recibo ahora. “Falta la vida, asiste lo vivido”, dijo Quevedo en un
soneto eminente. Y eso es lo que me repito mientras recurro a esta evocación
justiciera. Y mientras procuro sobrellevar la turbadora experiencia de hablar en una
cátedra de la que irradió el magisterio del humanismo español, y desde la que se
instruyó a algunos de los grandes ingenios de los siglos de oro.
El premio Cervantes viene a activar un vínculo siempre latente con nuestro
primer y universal novelista, a quien me tienta aplicar el mismo encomio que dedicó
Rubén Darío a Verlaine: “padre y maestro mágico”. No se me oculta que hablar de la
significación de este premio dispone de ciertos desvíos retóricos difícilmente evitables.
Pero prefiero, en este caso, la retórica a la mesura. He pensado mucho en las
palabras que debía utilizar a este respecto. Y me he preguntado una y otra vez qué es
lo que verdaderamente le debo a Cervantes, cuánto he aprendido de él para que, en
virtud de este premio, se hayan asociado su ejemplo y mi devoción. Y sólo he
encontrado respuestas deficientes.
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Si las cuentas no me fallan, hace ahora justamente dos tercios de siglo que
empecé a adiestrarme en el oficio de escritor, por lo que quizá merezca -eso sí- un
premio a la constancia. Ya apenas si puedo evocar aquellas primeras sensaciones,
tan remotas y difusas, de mi noviciado literario. Pero algo permanece imborrable: la
certeza de que me hice escritor porque antes había leído a escritores que me abrieron
una puerta, enriquecieron mi sensibilidad, me incitaron a usar la misma herramienta
que ellos para interpretar la vida, para aprender a descifrarla. Sin esa enseñanza
previa, nada habría sido lo mismo, claro. Tampoco yo estaría aquí ahora. Soy
consciente de que mi biografía literaria depende tanto de los libros que he escrito
como de los que he leído. Todos ellos constituyen como una especie de espejo
múltiple donde me veo frecuentemente reflejado, y en todos ellos se alojan no pocos
de mis descubrimientos de la vida precisamente porque también en esos libros
descubrí otras vidas, experimenté la sensación de que algo había allí que me ofrecía
la posibilidad de compartir un mundo ignorado y excitante.
Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una
contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la
edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos,
recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de
nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la
opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para
programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las
ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una
suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las
ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras,
la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora
de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto
siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba
conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De
lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes
complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.
Pienso que tal vez pueda permitirme una modesta jactancia en este sentido.
Quiero decir que esa alianza que el escritor mantiene con sus primeras lecturas, con
las fuentes literarias de su historia personal, tiene en mi caso -o yo deseo que tengaun
preámbulo inolvidable. Estoy refiriéndome a la inmediata posguerra, cuando se
cimentaba el infortunio histórico del franquismo y cundían por el país muy variadas
formas de desolación. Siempre me he hecho una pregunta obstinada: ¿empezaba yo
3
a indemnizarme con la lectura de lo que me negaba aquel tiempo desdichado,
pretendía remediar con el placer de un libro los sinsabores y privaciones de la
historia? No creo que fuera consciente de nada de eso, claro. Pero puedo aventurar
algunas pistas. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el colegio de los Marianistas
de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de Bachillerato, tuve un profesor
de literatura, culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él
de las más llamativas aventuras de don Quijote. Quizá tardara en empezar a leerlas,
quizá no había superado todavía esa prevención ante lo que se supone árido o
dificultoso, pero cuando lo hice libremente algo inesperado se filtró en mi capacidad
receptiva. No fue ninguna lección prematura, fue simplemente una conmoción
insospechada.
Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de
don Quijote. No conservo el recuerdo sino el sedimento del recuerdo, la constancia
placentera de haber descubierto un mundo fascinante, de haber roto un sello, abierto
una ventana por la que podía asomarme a una nueva experiencia de lector, es decir, a
una nueva enseñanza de la vida. Quiero recordar que medio entendí entonces que un
libro te habla, pero también te escucha, que el hecho de elegir un libro y compartir con
él una misma aventura también supone un ejercicio de libertad. Tal vez pudo ser ese
el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias, tal vez se inició en aquel ya
distante tramo biográfico una vaga atracción sensible por el cultivo de la poesía.
Aunque lo más seguro es que todo eso no sea sino una conjetura que me planteo al
cabo del tiempo, cuando admitir su veracidad tiene ya mucho de licencia poética.
Entre las reflexiones que pone Cervantes en boca de don Quijote, destaca con
singular notoriedad la defensa que hace de la poesía ante don Diego de Miranda,
afirmando que “engloba todas las demás ciencias” (un juicio, por cierto, que vuelve a
esgrimir el licenciado Vidriera –lo supe más tarde- con las mismas palabras. Por ahí
empezaría yo a vislumbrar, me imagino, el sentido esencial de la poesía, esa
germinación secreta que se propaga a lo largo de toda la prosa inmarchitable del
Quijote. Como decía otro alcalaíno ilustre, Manuel Azaña, en esa prosa de poeta se
estabiliza “la corriente maravillosa que Cervantes introduce en lo real para
descomponerlo”. Cierto. Creo que ahí está expresada una de las más palmarias
claves poéticas de la novela, ese paradigma creador que hizo las veces de anticipo
fundacional de todas las posteriores literaturas. ¿Supe todo eso cuando compartí por
primera vez las andanzas de don Quijote o no fue sino una intuición, un sentimiento
anticipatorio que permaneció latente en mi conciencia hasta años después? Tampoco
me importa mucho aclararlo. Me basta con la presunción de que algo así tuvo que
4
ocurrir. Insisto en que, visto a una distancia ya tan excesiva, no tengo otra elección
que creerme a mí mismo.
Cervantes fue casi siempre un hombre de mala ventura y un poeta por lo
común desdeñado. Ni siquiera hace falta añadir que la rutina o la ligereza postergaron
injustamente esa vertiente de la obra cervantina. Más de una vez se ha dicho que
quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta. Estoy de acuerdo. En el
Quijote, en los aparejos de su espléndida prosa, se decantan los alimentos
primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus
propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la
iluminación, a esas “profundas cavernas del sentido” a que se refería San Juan de la
Cruz. No es ajena a la seducción que emana del Quijote ese concepto de la poesía
entendida como una construcción verbal, como un acto de lenguaje que alumbra las
“cavernas del sentido”. Abundan además en la obra de Cervantes referencias a su
perseverante amor por la poesía. Y, en efecto, así lo atestiguó a lo largo de su incierta
vida, sin que esos empeños merecieran otro futuro que el de quedar oscurecidos ante
la poderosa luminaria del Quijote.
He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio
emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. No se
olvide que Cervantes inicia la publicación del corpus fundamental de su obra cuando
ya rondaba los 60 años, es decir, que es prácticamente en la última década de su vida
cuando aparecen las dos partes del Quijote, las 12 Novelas ejemplares, el Viaje del
Parnaso, las Ocho comedias y ocho entremeses y, al año de su muerte, el Persiles.
No deja de ser llamativo ese desequilibrio, ese reparto desigual de la obra a lo largo
de la vida. ¿Por qué Cervantes escribió o –mejor dicho- por qué publicó tan poco en
su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal
de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas
con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de
evidencias cronológicas. Recuérdese lo que Cervantes confiesa con desgana en el
prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses: “tuve otras cosas en qué ocuparme,
dejé la pluma y las comedias…” Son muchos los años de abandono literario a partir de
la Galatea: casi dos décadas difusamente ocupadas en esos quehaceres irregulares
que, en cierto modo, aportan a la vida de Cervantes una de sus más literales
sugestiones. Ese largo silencio literario no es el silencio de quien ha elegido no hablar,
sino de quien ha hecho del soliloquio un método de maduración previa de la palabra.
Es el mutismo del que lo observa todo para no olvidar nada.
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Ya me corregirá el profesor Francisco Rico si me equivoco, pero esas andanzas
medio enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades,
zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de
un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue
acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir
macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad
un fecundo condimento literario. Basta una simple ojeada al esplendor polifónico de su
gran novela para entender que todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes,
acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la
propia libertad que es la palabra. “Libre nací y en libertad me fundo”, reza el último
endecasílabo de un hermoso soneto de la Galatea. Una libertad que enarbola
Cervantes como una lanza desempolvada -la del caballero de la Triste Figura- para
protagonizar tantas y tan heroicas hazañas en defensa de los perseguidos, los
oprimidos, los sojuzgados. Todos sabemos que abundan en el Quijote los episodios
en que el andante caballero medita y actúa como un justiciero guardián de las
libertades, como un emisario de la tolerancia, como un hombre decente -en suma- que
procuró igualar con la vida el pensamiento. Decía Octavio Paz que “con Cervantes
comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad”.
Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a
que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de
deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del
Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los
intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la
babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y
corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y
meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria
algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus
historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios
indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen
del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor
literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor
del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que
Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una
nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.
Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a
mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto
amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también
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tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en
sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la
memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así
podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es
una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto
inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden
quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón.
Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente
mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi
manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del
idioma me ha servido para objetivar mi noción del mundo, y he procurado siempre que
esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como
suele decirse, en mi poesía está implícito todo lo que pienso, y hasta lo que todavía no
pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo,
esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica.
Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida
que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.
Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia
consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En
un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a
los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que
reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la
razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de
una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de
modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas
fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro,
son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro
acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico
prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad
decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a
convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero
creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico
y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un
edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia
cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la
poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad
nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.
DISCURSO DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
(Sólo es válida la palabra pronunciada)
Debo empezar reiterando lo más obvio: que el premio Cervantes me ha
deparado la mayor satisfacción recibida en mi ya dilatado trayecto humano y literario.
Se trata por supuesto de un motivo de orgullo muy especial y de un honor que va a
acompañarme cada día, como un estímulo inagotable, en este ya sobrepasado arrabal
de senectud. Tengo que hacerme merecedor de este reconocimiento magnánimo -me
que mi trabajo literario alcanzara una suficiente validez. Sólo así iba a poder
equilibrarse lo mucho que recibo con lo poco que ofrezco.
Deseo que mi gratitud se reparta efusivamente entre cada uno de los miembros
del jurado y entre quienes han hecho posible que yo esté hoy aquí, conmovido y
novelistas que me han precedido en este trance -Antonio Gamoneda, José Emilio
Pacheco, Juan Marsé, Ana María Matute, Juan Gelman-, que son también amigos
queridos y autores predilectos, y pienso en otros compañeros fraternales -José Ángel
Valente, Carlos Barral, Ángel González, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma,
José Agustín Goytisolo- a quienes la muerte cercenó la posibilidad de recibir los
honores que yo recibo ahora. “Falta la vida, asiste lo vivido”, dijo Quevedo en un
soneto eminente. Y eso es lo que me repito mientras recurro a esta evocación
justiciera. Y mientras procuro sobrellevar la turbadora experiencia de hablar en una
cátedra de la que irradió el magisterio del humanismo español, y desde la que se
instruyó a algunos de los grandes ingenios de los siglos de oro.
El premio Cervantes viene a activar un vínculo siempre latente con nuestro
primer y universal novelista, a quien me tienta aplicar el mismo encomio que dedicó
Rubén Darío a Verlaine: “padre y maestro mágico”. No se me oculta que hablar de la
significación de este premio dispone de ciertos desvíos retóricos difícilmente evitables.
Pero prefiero, en este caso, la retórica a la mesura. He pensado mucho en las
palabras que debía utilizar a este respecto. Y me he preguntado una y otra vez qué es
lo que verdaderamente le debo a Cervantes, cuánto he aprendido de él para que, en
virtud de este premio, se hayan asociado su ejemplo y mi devoción. Y sólo he
encontrado respuestas deficientes.
Si las cuentas no me fallan, hace ahora justamente dos tercios de siglo que
empecé a adiestrarme en el oficio de escritor, por lo que quizá merezca -eso sí- un
premio a la constancia. Ya apenas si puedo evocar aquellas primeras sensaciones,
tan remotas y difusas, de mi noviciado literario. Pero algo permanece imborrable: la
certeza de que me hice escritor porque antes había leído a escritores que me abrieron
una puerta, enriquecieron mi sensibilidad, me incitaron a usar la misma herramienta
que ellos para interpretar la vida, para aprender a descifrarla. Sin esa enseñanza
previa, nada habría sido lo mismo, claro. Tampoco yo estaría aquí ahora. Soy
consciente de que mi biografía literaria depende tanto de los libros que he escrito
múltiple donde me veo frecuentemente reflejado, y en todos ellos se alojan no pocos
de mis descubrimientos de la vida precisamente porque también en esos libros
descubrí otras vidas, experimenté la sensación de que algo había allí que me ofrecía
la posibilidad de compartir un mundo ignorado y excitante.
Es posible que encontrara en aquellas lecturas algo parecido a una
contrapartida, una compensación frente a la falta de asideros o los desconciertos de la
edad. ¿Quién duda que leer es reconocernos en los otros, desentrañar lo que somos,
recuperar lo que hemos vivido, incluso lo que no hemos vivido, resarciéndonos de
nuestras propias carencias? Recuérdese que todos aquellos que se han valido de la
opresión (desde los terrores inquisitoriales a los de cualquier censura dictatorial) para
programar el mantenimiento de sus poderes, han coartado la libre circulación de las
ideas. Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una
suprema barbarie: la hoguera. O quemaban herejes o quemaban libros. En las
ficciones futuristas de un mundo amorfo, despersonalizado, regido por computadoras,
la quema de libros representa algo más que un mandamiento atroz: es una metáfora
de la esclavitud. Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto
siempre prohibir, destruir ciertas libertades. Quien no leía, tampoco almacenaba
conocimientos. Y quien no almacenaba conocimientos era apto para la sumisión. De
lo que fácilmente se deduce que conocimiento y libertad vienen a ser nutrientes
complementarios de toda aspiración a ser más plenamente humanos.
Pienso que tal vez pueda permitirme una modesta jactancia en este sentido.
Quiero decir que esa alianza que el escritor mantiene con sus primeras lecturas, con
las fuentes literarias de su historia personal, tiene en mi caso -o yo deseo que tengaun
preámbulo inolvidable. Estoy refiriéndome a la inmediata posguerra, cuando se
cimentaba el infortunio histórico del franquismo y cundían por el país muy variadas
formas de desolación. Siempre me he hecho una pregunta obstinada: ¿empezaba yo
3
a indemnizarme con la lectura de lo que me negaba aquel tiempo desdichado,
pretendía remediar con el placer de un libro los sinsabores y privaciones de la
algunas pistas. Tengo muy presente, por ejemplo, que en el colegio de los Marianistas
de Jerez, cuando yo cursaba el cuarto o quinto curso de Bachillerato, tuve un profesor
de literatura, culto y afectuoso, que me facilitó una especie de florilegio hecho por él
quizá no había superado todavía esa prevención ante lo que se supone árido o
dificultoso, pero cuando lo hice libremente algo inesperado se filtró en mi capacidad
receptiva. No fue ninguna lección prematura, fue simplemente una conmoción
insospechada.
Aún puedo revivir las emociones que me transferían esas precisas andanzas de
don Quijote. No conservo el recuerdo sino el sedimento del recuerdo, la constancia
placentera de haber descubierto un mundo fascinante, de haber roto un sello, abierto
una ventana por la que podía asomarme a una nueva experiencia de lector, es decir, a
una nueva enseñanza de la vida. Quiero recordar que medio entendí entonces que un
libro te habla, pero también te escucha, que el hecho de elegir un libro y compartir con
él una misma aventura también supone un ejercicio de libertad. Tal vez pudo ser ese
el punto de partida de mis iniciales tentativas literarias, tal vez se inició en aquel ya
distante tramo biográfico una vaga atracción sensible por el cultivo de la poesía.
Aunque lo más seguro es que todo eso no sea sino una conjetura que me planteo al
cabo del tiempo, cuando admitir su veracidad tiene ya mucho de licencia poética.
Entre las reflexiones que pone Cervantes en boca de don Quijote, destaca con
singular notoriedad la defensa que hace de la poesía ante don Diego de Miranda,
afirmando que “engloba todas las demás ciencias” (un juicio, por cierto, que vuelve a
empezaría yo a vislumbrar, me imagino, el sentido esencial de la poesía, esa
germinación secreta que se propaga a lo largo de toda la prosa inmarchitable del
Quijote. Como decía otro alcalaíno ilustre, Manuel Azaña, en esa prosa de poeta se
estabiliza “la corriente maravillosa que Cervantes introduce en lo real para
descomponerlo”. Cierto. Creo que ahí está expresada una de las más palmarias
claves poéticas de la novela, ese paradigma creador que hizo las veces de anticipo
fundacional de todas las posteriores literaturas. ¿Supe todo eso cuando compartí por
primera vez las andanzas de don Quijote o no fue sino una intuición, un sentimiento
anticipatorio que permaneció latente en mi conciencia hasta años después? Tampoco
me importa mucho aclararlo. Me basta con la presunción de que algo así tuvo que
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ocurrir. Insisto en que, visto a una distancia ya tan excesiva, no tengo otra elección
que creerme a mí mismo.
Cervantes fue casi siempre un hombre de mala ventura y un poeta por lo
común desdeñado. Ni siquiera hace falta añadir que la rutina o la ligereza postergaron
injustamente esa vertiente de la obra cervantina. Más de una vez se ha dicho que
quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta. Estoy de acuerdo. En el
Quijote, en los aparejos de su espléndida prosa, se decantan los alimentos
primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus
propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la
iluminación, a esas “profundas cavernas del sentido” a que se refería San Juan de la
Cruz. No es ajena a la seducción que emana del Quijote ese concepto de la poesía
entendida como una construcción verbal, como un acto de lenguaje que alumbra las
“cavernas del sentido”. Abundan además en la obra de Cervantes referencias a su
perseverante amor por la poesía. Y, en efecto, así lo atestiguó a lo largo de su incierta
vida, sin que esos empeños merecieran otro futuro que el de quedar oscurecidos ante
la poderosa luminaria del Quijote.
He pensado con frecuencia en esa parcela de la vida de Cervantes medio
emborronada por la incertidumbre, los equívocos, las zonas de penumbra. No se
olvide que Cervantes inicia la publicación del corpus fundamental de su obra cuando
ya rondaba los 60 años, es decir, que es prácticamente en la última década de su vida
cuando aparecen las dos partes del Quijote, las 12 Novelas ejemplares, el Viaje del
Parnaso, las Ocho comedias y ocho entremeses y, al año de su muerte, el Persiles.
No deja de ser llamativo ese desequilibrio, ese reparto desigual de la obra a lo largo
de la vida. ¿Por qué Cervantes escribió o –mejor dicho- por qué publicó tan poco en
su juventud, incluso en su edad madura, y dio a conocer, culminó el ejemplo universal
de su obra ya a las puertas de la vejez, de regreso de todas sus anteriores alianzas
con la adversidad? No se trata ya de trabas editoriales o desarreglos viajeros, sino de
evidencias cronológicas. Recuérdese lo que Cervantes confiesa con desgana en el
prólogo a Ocho comedias y ocho entremeses: “tuve otras cosas en qué ocuparme,
dejé la pluma y las comedias…” Son muchos los años de abandono literario a partir de
la Galatea: casi dos décadas difusamente ocupadas en esos quehaceres irregulares
sugestiones. Ese largo silencio literario no es el silencio de quien ha elegido no hablar,
sino de quien ha hecho del soliloquio un método de maduración previa de la palabra.
Es el mutismo del que lo observa todo para no olvidar nada.
5
Ya me corregirá el profesor Francisco Rico si me equivoco, pero esas andanzas
medio enigmáticas de Cervantes, esas huidas imprevistas, tantas vaguedades,
zozobras, cautiverios, vienen a trazar como la síntesis biográfica de un perdedor, de
un hombre de azarosos lances, casi de un aventurero que, como don Quijote, fue
acumulando decepciones, fracasos, desdenes. Pero nunca, sin embargo, renunció a ir
macerando en la memoria su más universal empeño creador: el que hizo de la libertad
un fecundo condimento literario. Basta una simple ojeada al esplendor polifónico de su
gran novela para entender que todo lo que tuvo de infortunada la vida de Cervantes,
acabó encontrando una justiciera contrapartida en esa manifestación suprema de la
propia libertad que es la palabra. “Libre nací y en libertad me fundo”, reza el último
endecasílabo de un hermoso soneto de la Galatea. Una libertad que enarbola
Cervantes como una lanza desempolvada -la del caballero de la Triste Figura- para
protagonizar tantas y tan heroicas hazañas en defensa de los perseguidos, los
oprimidos, los sojuzgados. Todos sabemos que abundan en el Quijote los episodios
en que el andante caballero medita y actúa como un justiciero guardián de las
libertades, como un emisario de la tolerancia, como un hombre decente -en suma- que
procuró igualar con la vida el pensamiento. Decía Octavio Paz que “con Cervantes
comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad”.
Me importa insistir fugazmente en ese prolongado alejamiento de las letras a
que alude Cervantes como de pasada, pero que constituye un atractivo foco de
deducciones. Siempre me ha conmovido, y ahora más, imaginarme al autor del
Quijote navegando sin brújula entre los boatos de la Italia renacentista o los
intramuros argelinos del cautiverio, por la corte encumbrada de Felipe II o la
babilónica Sevilla de finales del XVI y principios del XVII. Asiduo a los garitos y
corrales de comedias, al trato de pícaros y cómicos, un Miguel de Cervantes solitario y
meditabundo, apenas conocido por nadie, iría trasegando desde la vida a la memoria
algunos de los hechos y personajes que pasarían a figurar en muchas de sus
historias. La experiencia del escritor que no escribe, que malvive de oficios
indeseados, comparece aquí como una contradicción in terminis. Más que la imagen
del vencido por la vida, lo que ese Cervantes acaba sugiriendo es la del vencedor
literario de todas las batallas por la libertad. Siempre nos ha dado respuestas el autor
del Quijote, incluso antes de escribirlo. Y luego, en el mismo momento en que
Cervantes saca de su casa a Alonso Quijano, Alonso Quijano otorga a Cervantes una
nueva coyuntura para recorrer los caminos irrestrictos de la libertad.
Y no deseo finalizar este recuento de emociones sin hacer una mención fugaz a
mis débitos personales con la poesía, ese engranaje de vida y pensamiento que tanto
amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó. La poesía también
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tiene algo de indemnización supletoria de una pérdida. Lo que se pierde evoca en
sentido lato lo que la poesía pretende recuperar, esos innumerables extravíos de la
memoria que la poesía reordena y nos devuelve enaltecidos, como para que así
podamos defendernos de las averías de la historia. Afirmaba Pavese que la poesía es
una forma de defensa contra las ofensas de la vida y ese es para mí un veredicto
inapelable. Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden
quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón.
Más de una vez he comentado que mi palabra escrita reproduce obviamente
mis ideas estéticas, pero también mi pensamiento moral, mis litigios personales, mi
manera de buscar una salida al laberinto de la historia. El prodigio instrumental del
esa poética noción del mundo se corresponda con mi más irrevocable ideario. Como
pienso, que ya es meritorio. Cada vez estoy más seguro que la poesía en la que creo,
esa que ocupa más espacio que el texto propiamente dicho, me retrata y me justifica.
Incluso podría añadir que me ha enseñado todo lo que sé sobre mí mismo a medida
que he ido valiéndome de ella para elegir mis propios diagnósticos sobre la realidad.
Creo honestamente en la capacidad paliativa de la poesía, en su potencia
consoladora frente a los trastornos y desánimos que pueda depararnos la historia. En
un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a
los derechos humanos, en un mundo como éste, de tan deficitaria probidad, hay que
reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la
razón, de los que esta Universidad -por cierto- fue foco prominente. Quizá se trate de
una utopía, pero la utopía también es una esperanza consecutivamente aplazada, de
modo que habrá que confiar en que esa esperanza también se nutra de las generosas
fuentes de la inteligencia. Leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro,
son vehículos simples y fecundos para la salvaguardia de todo lo que impide nuestro
acceso a la libertad y la felicidad. Tal vez se logre así que el pensamiento crítico
prevalezca sobre todo lo que tiende a neutralizarlo. Tal vez una sociedad
decepcionada, perpleja, zaherida por una renuente crisis de valores, tienda así a
convertirse en una sociedad ennoblecida por su propio esfuerzo regenerador. Quiero
creer -con la debida temeridad- que el arte también dispone de ese poder terapéutico
y que los utensilios de la poesía son capaces de contribuir a la rehabilitación de un
edificio social menoscabado. Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la “la historia
cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”, habrá que aceptar que la
poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad
nos inmuniza contra la decepción. Que así sea.
martes, 23 de abril de 2013
CABALLERO BONALD RECOGE EL PREMIO CERVANTES 2012: "La poesía puede corregir las erratas de la historia".
Caballero Bonald es nuestro Premio Cervantes de este año. Merecidísimo. Tuvimos la oportunidad de conocerlo en el año 2007, justo un año después de que se le concediera el Premio Nacional de Poesía por Manual de infractores. En el marco de los Encuentros literarios promovidos por la Dirección General del Libro y organizados por el departamento de Lengua castellana y Literatura, vino a nuestro instituto para hablar de poesía y además habló muchísimo de la vida a nuestros alumnos. Fue generoso, muy generoso y humilde. Humilde como los grandes.
Cuánto nos alegramos de este premio. Una gran noticia para las letras hispánicas. Aquí tenéis el histórico sobre Caballero Bonald en Litterae. En concreto, aquí podéis ver el vídeo del poema "Una pregunta" que musicaron nuestros compañeros del departamento de Música y que se le ofreció como regalo al final de la lectura poética. Gracias a Elena LLopis, Jordi Villaroya y Eduardo Roselló.
Cuánto nos alegramos de este premio. Una gran noticia para las letras hispánicas. Aquí tenéis el histórico sobre Caballero Bonald en Litterae. En concreto, aquí podéis ver el vídeo del poema "Una pregunta" que musicaron nuestros compañeros del departamento de Música y que se le ofreció como regalo al final de la lectura poética. Gracias a Elena LLopis, Jordi Villaroya y Eduardo Roselló.
Ha recogido el premio hoy, 23 de abril. Atentos a su discurso. En breve, lo publicaremos para que podáis disfrutarlo.
¡Día feliz para las letras hispánicas!
Entrevistas y noticias:
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Caballero Bonald,
Encuentros literarios,
lectura poética,
Premio Cervantes
miércoles, 27 de febrero de 2013
Antonio Crespo Massieu, Elegía en Portbou. Un encuentro para la memoria.
Los pequeños gestos en tiempos difíciles pueden cambiar el rumbo de la historia.
Antonio Crespo Massieu, IES Violant de Casalduch, febrero de 2013, Benicàssim.
Con estas imágenes sobrecogedoras comenzó el encuentro con Antonio Crespo Massieu. Un encuentro literario, y es el número veinte, que podemos celebrar un año más, gracias a la ayuda del Ministerio de Cultura. Quince ediciones ya. Y es así como, curso tras curso, se renueva la ilusión de este diálogo con la poesía, de esta conversación tan cercana con un gran poeta contemporáneo. Año tras año, tenemos una cita con la Cultura, una cita trabajada y conseguida gracias a todos. Felicitar, pues, a nuestro departamento de Lengua castellana y Literatura: a Jorge Muruais, Juliana Pastor, Jacinta Negueruela, Irene Costa, María Pareja; al equipo directivo; a nuestros compañeros, en especial a Eduard Roselló, Ana Ovando y Miguel Ángel Cerdán; a nuestras queridas conserjes, nuestras secretarias y al AMPA (no olvidamos que el año pasado nos ayudaron a que no se cancelara). Sí, nos sentimos orgullosos de trabajar en la enseñanza pública, y de poder ofrecer todos los años estos encuentros que, sin duda, nuestros alumnos recordarán siempre.
En un momento de la conferencia, Antonio Crespo nos dijo- y tiene razón- que la poesía crea vínculos, la poesía hace que nos reconozcamos en la palabra y además, también es capaz de ser verdad y belleza.
¿Qué más le podemos pedir?
Con el salón de actos a rebosar, el poeta recibió una cálida acogida por parte de todos y en especial, de nuestro alumnado de bachiller. A continuación Gemma Laliena hizo una presentación sobre su figura y la importancia de su obra. Enseguida, el autor nos habló de Elegía en Portbou ofreciéndonos la lectura de algunos de los poemas más representativos. Una lectura impactante y arrolladora. A continuación se dio paso a un coloquio sobre el libro y el poeta contestó a las preguntas que iban surgiendo. Y ya para finalizar, Irene Costa despidió el acto y dio paso a la firma de libros del poeta. Os dejamos aquí los textos y los vídeos que se grabaron para que los disfrutéis. Más adelante iremos publicando las valoraciones críticas que han hecho los alumnos de bachiller y muchas fotografías...
El texto de la presentación.
El texto de la despedida.
Antonio Crespo Massieu, IES Violant de Casalduch, febrero de 2013, Benicàssim.
Con estas imágenes sobrecogedoras comenzó el encuentro con Antonio Crespo Massieu. Un encuentro literario, y es el número veinte, que podemos celebrar un año más, gracias a la ayuda del Ministerio de Cultura. Quince ediciones ya. Y es así como, curso tras curso, se renueva la ilusión de este diálogo con la poesía, de esta conversación tan cercana con un gran poeta contemporáneo. Año tras año, tenemos una cita con la Cultura, una cita trabajada y conseguida gracias a todos. Felicitar, pues, a nuestro departamento de Lengua castellana y Literatura: a Jorge Muruais, Juliana Pastor, Jacinta Negueruela, Irene Costa, María Pareja; al equipo directivo; a nuestros compañeros, en especial a Eduard Roselló, Ana Ovando y Miguel Ángel Cerdán; a nuestras queridas conserjes, nuestras secretarias y al AMPA (no olvidamos que el año pasado nos ayudaron a que no se cancelara). Sí, nos sentimos orgullosos de trabajar en la enseñanza pública, y de poder ofrecer todos los años estos encuentros que, sin duda, nuestros alumnos recordarán siempre.
En un momento de la conferencia, Antonio Crespo nos dijo- y tiene razón- que la poesía crea vínculos, la poesía hace que nos reconozcamos en la palabra y además, también es capaz de ser verdad y belleza.
¿Qué más le podemos pedir?
Con el salón de actos a rebosar, el poeta recibió una cálida acogida por parte de todos y en especial, de nuestro alumnado de bachiller. A continuación Gemma Laliena hizo una presentación sobre su figura y la importancia de su obra. Enseguida, el autor nos habló de Elegía en Portbou ofreciéndonos la lectura de algunos de los poemas más representativos. Una lectura impactante y arrolladora. A continuación se dio paso a un coloquio sobre el libro y el poeta contestó a las preguntas que iban surgiendo. Y ya para finalizar, Irene Costa despidió el acto y dio paso a la firma de libros del poeta. Os dejamos aquí los textos y los vídeos que se grabaron para que los disfrutéis. Más adelante iremos publicando las valoraciones críticas que han hecho los alumnos de bachiller y muchas fotografías...
El texto de la presentación.
ANTONIO
CRESPO MASSIEU
Buenos
días a todos y sed bienvenidos.
Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado, decía que el
árbol de la cultura, más o menos frondoso, en cuyas ramas más
altas acaso un día os encaraméis, no tiene más savia que nuestra
propia sangre, y sus raíces no habéis de hallarlas sino por azar en
las aulas de nuestras escuelas, Academias, Universidades...
Estamos
aquí para escuchar al profesor, escritor y poeta Antonio Crespo
Massieu, no sin antes agradecer desde el Departamento de Lengua
castellana y Literatura vuestra presencia y la de todos los
que habéis hecho posible que este encuentro se realice, una vez más,
en nuestro instituto.
Agradecer
también, entre tanto contratiempo y desasosiego, que este año se
nos haya concedido desde el Ministerio de Cultura, este encuentro literario, y es el número veinte. Una vez más, la Cultura con
mayúsculas nos sostiene. Sostiene el trabajo de todos los docentes
que estamos aquí; sostiene el trabajo de todos los alumnos que
habéis tenido la oportunidad de leer Elegía en Portbou y
que hoy, tendréis la suerte de escuchar a Antonio.
Antonio
Crespo Massieu
(Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología
Hispánica) por la Universidad Complutense y diplomado en Estudios
Portugueses por la Universidad de Lisboa. Hasta hace poco ha ejercido
como profesor de literatura española en Enseñanza Secundaria.
Ha escrito los poemarios:
Acaso revelación, En este lugar
que obtuvo en 2004 el “Premio de Poesía Kutxa. Ciudad de Irún”
en su XXXV edición;
Orilla del tiempo
(Germania, Valencia, 2005) y
Elegía en Portbou.
Ha publicado trabajos de
investigación y de creación literaria en revistas como
Anthropos, Revista da Faculdade de Letras-Universidade de Lisboa,
Asparkía, La ortiga, Dossiers feministes, Diálogo de la lengua, El
cielo de Salamanca, Riff-Raff y Cbn.
Poemas suyos han sido incluidos
en las antologías poéticas:
La paz y la palabra, Letras contra la guerra
(edición de Manuel Francisco Reina, Odisea Editorial, Madrid, 2003),
Una mirada hacia la poesía española actual
(revista Luna Nueva, Colombia, 2003),
Voces del extremo V. Poesía y Realidad
(Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, 2003),
Agua. Símbolo y memoria
(Slovento, Madrid, 2006),
Vida de perros
(Editorial Buscarini. Logroño, 2007),
Calendario de la poesía española. Antología poética
(Alambra Publishing, Bertem, Belgium, 2007),
Calendario de la poesía en español. Antología poética
(Alambra Publishing, Bertem, Belgium, 2008),
Voces del extremo IX-X. Poesía y capitalismo
(Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, 2008) y
Los centros de la calle. Antología pequeña
(Germania, Valencia, 2008).
Ha
publicado la antología comentada
Una mano tomó la otra. Poemas para construir sueños,
en coautoría con Pedro Hilario, Roberto Bravo y Fernando Cañamares.
Desde
1997 es responsable de las páginas literarias de la revista
Viento Sur,
de cuya redacción forma parte.
Cuando
el poeta Francisco Brines nos visitó allá por el año 2000,
insistió en decirnos que: “del poema no se ha de desprender la
realidad estricta, sino la vida potenciada”.
Justamente
esto es lo que sucede en Elegía en PortBou. Elegía en
Portbou, que nos habla de tanta muerte, de tanto dolor, de tanto
sufrimiento...tiene el poder de devolvernos la vida potenciada; la
vida de tantos intelectuales, de tantos luchadores; de tantas
personas anónimas que formaron parte de la intrahistoria de aquel
siglo XX, tan infame en tantas ocasiones...
Antonio Crespo quiere rescatar a todos los ausentes del pasado: los
deportados, los exiliados, los fusilados, los suicidas...y por
ello, Elegía, es un gran homenaje a Antonio Machado y
a Walter Benjamin; pero también a Paul Celan, a Ana Ruiz, a María Zambrano, a Francisca Aguirre y a muchos seres anónimos, a quienes no olvida.
PortBou,
el cementerio de Portbou es lugar desde donde mirar y desde donde
traspasar las fronteras del tiempo. Es, como dijo el poeta, “palabra en el tiempo”. Lugar universal desde donde mostrar el
dolor y el sufrimiento, lugar para ponerse en el lugar del otro,
hablar y sentir y sufrir como si fuera el otro; lugar desde donde
mirar el mar, abisal...
Todo ello para renacer con fuerza, gracias a la palabra salvadora; una vez rescatada y dignificada la memoria del otro, de los otros...
Decía Juan Carlos Mestre ayer:
Aún nos queda la palabra. Acaso lo único que nos queda sea hablar, que es hoy el más legítimo ejercicio de la libertad, ejercido desde la conciencia crítica... y debemos cargar a las palabras de su radical significado.
Todo ello para renacer con fuerza, gracias a la palabra salvadora; una vez rescatada y dignificada la memoria del otro, de los otros...
Decía Juan Carlos Mestre ayer:
Aún nos queda la palabra. Acaso lo único que nos queda sea hablar, que es hoy el más legítimo ejercicio de la libertad, ejercido desde la conciencia crítica... y debemos cargar a las palabras de su radical significado.
Escuchemos
las palabras de Antonio Crespo, canto al fin de esperanza.
¿A partir de cuándo?
Elegía en Portbou, palabra en el tiempo, muchas gracias.
¿A partir de cuándo?
Elegía en Portbou, palabra en el tiempo, muchas gracias.
Gemma Laliena.
"No
hace mucho descubrí, gracias a usted, esa calle del “Impasse del Porvenir”, y ya
me llamó la atención e hizo reflexionar su fe en el futuro, a pesar
de las circunstancias, su deseo de ayudar a encontrar la salida,
abogando en estos tiempos que corren por el reencuentro.
Más
tarde, al peregrinar por la dura realidad de su libro Elegía en
Portbou, pude comprobar que lo que ya dijo Walter Benjamin “nada
de lo que una vez haya acontecido, ha de darse por perdido para la
historia” y que Paul Celan rubricaría: “ciégate para
siempre: también la eternidad está llena de ojos”, llegan a
ese punto de reunión de nuevo, precisamente, entre las páginas de
su obra.
El
olvido de aquellos que fueron negados y vejados reciben por primera
vez esa luz estrella, que les devuelve si no la vida, sí sus
nombres. Y es que la memoria parece diluirse para ellos hasta que
alguien con valentía y con fraternal delicadeza como la suya, repara
en sus heridas y sosiega su sed de justicia.
Agradecemos
inmensamente su presencia. Su labor aquí ha contribuido sin lugar a
dudas, a realizar algo tremendamente difícil en esta sociedad, en
voz del filósofo alemán: “en cada época hay que esforzarse
por arrancar de nuevo la tradición al conformismo que pretende
avasallarla”.
Su
palabra ha sido levadura e instrumento para la transformación
social. Y si como usted mismo enunció: “el vendaval de la
historia sigue soplando, nos zarandea de nuevo, esperamos el
acogimiento, al menos la nostalgia o la piedad”, es para mí un
privilegio el que en nombre de todos mis compañeros, le despida
desde la más absoluta admiración, reconocimiento y con la firme
convicción de que “nada escapa a la historia” y usted a
partir de ahora lo será de todas las nuestras como faro de
conciencia y como poeta que abraza lo humano."
Irene Costa
A continuación podéis escuchar algunos de los momentos más relevantes de la lectura poética, gracias al inestimable trabajo de nuestra compañera y amiga Ana Ovando.
Y más vídeos en el canal del Instituto.
A continuación podéis escuchar algunos de los momentos más relevantes de la lectura poética, gracias al inestimable trabajo de nuestra compañera y amiga Ana Ovando.
Y más vídeos en el canal del Instituto.
lunes, 18 de febrero de 2013
CONFERENCIA Y LECTURA POÉTICA DE ELEGÍA EN PORTBOU POR ANTONIO CRESPO MASSIEU
Desde el Departamento de Lengua castellana y Literatura
del IES Violant de Casalduch, tenemos el honor de invitaros a la
conferencia que tendrá lugar en el Salón de Actos, el día 21 de febrero,
jueves a las 12'20.

El poeta Antonio Crespo Massieu hablará sobre Elegía en Portbou en el marco de los "Encuentros literarios" que se vienen celebrando desde hace ya 15 años en este instituto.
El siguiente artículo está extraído del blog de Librería Primado de Valencia.
"Elegía en Portbou es un libro estremecedor, de una gran altura estética y emocional, en el que Antonio Crespo Massieu indaga en la memoria de más de medio siglo de derrotas y esperanzas. En el dolor, sin duda. Pero también en los actos de bondad y de resistencia. El poema es espacio de acogida, de salvación de tanta vida aniquilada. En su afán de totalidad pretende ser testamento personal y colectivo, levantar acta de una biografía y de un espacio histórico: el que va desde la derrota del 39 hasta el final de la dictadura y nuestro mismo presente. La palabra nombra en este extenso poema, inacabado y abierto por su misma pretensión, las heridas del siglo XX, quizá el más cruel de la Historia. Crespo Massieu rescata las voces perdidas, los nombres olvidados, y nos sitúa ante la indecible belleza que se contempla desde el blanco cementerio de Portbou.
Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Profesor de Literatura española en Enseñanza Secundaria.
Desde 1997 es responsable de las páginas literarias de la revista Viento Sur. Ha publicado los poemarios En este lugar, con el que obtuvo en 2004 el “Premio de Poesía Kutxa Ciudad de Irún” en su XXXV edición y Orilla del tiempo (2005). En 2009 apareció en la colección de Narrativa Bartleby su libro de relatos El peluquero de Dios. Ha escrito trabajos de investigación y de creación literaria en revistas como Anthropos, Revista da Faculdade de Letras-Universidade de Lisboa, Asparkía,La ortiga, Dossiers feministes, Diálogo de la lengua, El cielo de Salamanca, Riff-Raff, Cuadernos del matemático y Cbn."
En breve iremos colgando toda la información referente a este encuentro.
El poeta Antonio Crespo Massieu hablará sobre Elegía en Portbou en el marco de los "Encuentros literarios" que se vienen celebrando desde hace ya 15 años en este instituto.
El siguiente artículo está extraído del blog de Librería Primado de Valencia.
"Elegía en Portbou es un libro estremecedor, de una gran altura estética y emocional, en el que Antonio Crespo Massieu indaga en la memoria de más de medio siglo de derrotas y esperanzas. En el dolor, sin duda. Pero también en los actos de bondad y de resistencia. El poema es espacio de acogida, de salvación de tanta vida aniquilada. En su afán de totalidad pretende ser testamento personal y colectivo, levantar acta de una biografía y de un espacio histórico: el que va desde la derrota del 39 hasta el final de la dictadura y nuestro mismo presente. La palabra nombra en este extenso poema, inacabado y abierto por su misma pretensión, las heridas del siglo XX, quizá el más cruel de la Historia. Crespo Massieu rescata las voces perdidas, los nombres olvidados, y nos sitúa ante la indecible belleza que se contempla desde el blanco cementerio de Portbou.
Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Profesor de Literatura española en Enseñanza Secundaria.
Desde 1997 es responsable de las páginas literarias de la revista Viento Sur. Ha publicado los poemarios En este lugar, con el que obtuvo en 2004 el “Premio de Poesía Kutxa Ciudad de Irún” en su XXXV edición y Orilla del tiempo (2005). En 2009 apareció en la colección de Narrativa Bartleby su libro de relatos El peluquero de Dios. Ha escrito trabajos de investigación y de creación literaria en revistas como Anthropos, Revista da Faculdade de Letras-Universidade de Lisboa, Asparkía,La ortiga, Dossiers feministes, Diálogo de la lengua, El cielo de Salamanca, Riff-Raff, Cuadernos del matemático y Cbn."
En breve iremos colgando toda la información referente a este encuentro.
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